Los pies son la prueba definitiva de la evolución de las especies... o de un Dios más 'flojo' que Carmen Lomana currando de albañil.
Eso no lo puede haber inventado alguien con dos dedos de frente (me refiero a los pies, aunque a la Lomana habría que estudiarla).
¿Qué acabado es ese? ¿Cómo llaman dedos a eso? Y luego, ¿quién dijo que lo que hay debajo es un puente? Puente es lo de San Francisco, o no currar el lunes si el martes es fiesta (y si tienes curro, claro).
Y es que los pies está diseñados para hacernos sufrir. ¿Cómo podemos golpearnos tantas veces en algo tan minúsculo como el dedo meñique? Yo he dejado de hacer la cama sólo para no darme más hostias ahí.
¿Y el 'huesito' del tobillo? Sí, el que va por dentro. Ahí también toca de cuando en cuando quedarse saltando del dolor.
Siguen los problemas: los pies, los de algun@s, huelen. Vale, puede ser un tema de probabilidad pero ¡es que todos huelen mal! ¿Por qué a nadie le huelen bien?
Eso está mal diseñado. En serio, cuando empiezas a caminar necesitas ortopedia porque si no se 'van para adentro'. El dedo meñique tiende a hacerse más pequeño, a desaparecer... ¿Para qué me pones piezas si después me las quitas?
Los pies sirven para poco: sirven para que Manolo Blahnik se forre, para que los de Neutrógena se forren... pero, últimamente, sirven sobre todo para que un montón de gente les haga fotos y nos obligue a verlas.
Recuerda, casi no me interesa dónde te vas de vacaciones (envidia porque este año no tendré)... Imagina lo que me preocupa dónde han estado tus pies.
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viernes, 24 de junio de 2011
miércoles, 13 de abril de 2011
Ahora que lo pienso... creo que prefiero estar enfermo.
La salud es como la erección: ¡no te preocupa hasta que la pierdes! Y es que la salud no le interesa a la gente. Bueno, algo sí le importa, aunque sea profesionalmente. Resulta muy interesante ver la cantidad de conocimientos médicos que tienen algunos y que les permiten empatar una baja laboral con otra. Hay casos documentados de ‘archivadorfobia’, ‘madrugonitis’ y, más recientemente, ‘escaqueoidosis’. En realidad, a esta gente, si se matricula en la Facultad de Medicina, deberían convalidarle hasta 4º, por lo menos. Y es que algunos ya podrían pasar por médicos de familia. Por cierto, ¿cuándo dejamos de llamarlos de cabecera? ¿Les dio una crisis de crecimiento? Les pasó lo mismo que a los vendedores: ahora quieren que los llamen comerciales, agentes comerciales… Vale, tío, lo que quieras, pero eres un vendedor. ¿Y las azafatas? Ahora son TCP, tripulantes de cabina de pasajeros. Ya. - ‘Perdona, tenemos formación para actuar en caso de accidente’, te dirán. Ya, supongo que te será de mucha ayuda el carrito de las bebidas y las posturitas para indicar las salidas de emergencia si se despresuriza el bicho este. Una vez que los profesionales de las bajas y los médicos de familia llegan a su consulta, tantos años de esfuerzo les sirven para reducir sus diagnósticos, todos, a dos: - Esto va a ser estrés. - ¿Va a ser? Y, ahora, ¿qué es? - Bah, tranquilo, tómatelo con calma, da paseos, vete de compras… - Vale, ¿me das la baja o sigo escapándome del Ayuntamiento para ir a Zara en la calle del Castillo? Si al final no es estrés… - Pues esto tiene toda la pinta de ser un virus. - ¿Cómo que toda la pinta de ser un virus? Pero si esas cosas son así de pequeñitas. ¿Cómo sabes tú qué pinta tienen? Y, es más, ¿UN virus? ¿Una sola de esas cosas me tiene así, sin ganas de ir a trabajar al Ayuntamiento ni nada? Anda, fírmame la baja que me voy a la farmacia a comprarme un par de cosas. Y es que no necesitamos su ayuda, la automedicación debe ser una asignatura obligatoria en la LOE que yo no tuve cuando estudiaba. Hace siglos que no voy al médico ni a la farmacia. Siempre hay un amigo que te ‘receta’ algo… y te lo da. - Tómate dos de estas y, si esta tarde no se te ha pasado, me llamas otra vez. ¡Para que luego llamen tráfico a lo de la marihuana! En realidad todo esto nos pasa por nuestro escaso nivel a la hora de hacer el estudio de cada caso. ¿Por qué? Por no tener una pizarra. ¿Has visto a House?: - A ver, ¿qué puede causar vómitos, temblor de manos, astenia, sequedad de las mucosas, reflujo gástrico, alopecia, sudoración excesiva y diarrea? En mi caso, la visita de mi suegra, pero tienes que ver a todos esos residentes levantando la mano y gritando: sarcoidosis, Hantington, envenenamiento por metales pesados... Pues no, va el House y, mientras tira una pelotita a la pared dice: Lupus. ¿Te impresiona lo de House? Eso es porque no conoces a mi madre. Desde Hipócrates hasta nuestros días, con resonancias magnéticas, TAC’s, medicina nuclear… mi madre resume eso en: ‘Jeito’ y ‘airón’. Si eres de fuera de Canarias seguro que conoces el nombre equivalente. El ‘airón’ abarca todo aquello que afecte a tu organismo como producto de cambios de temperatura, virus, bacterias, fiebres, constipados, gripes… Prevención: estudios científicos determinan que con la técnica MLCBs (mójate los labios y cierra la boca al salir). Infalible. Tratamiento: aguas (infusiones), pijama, manta y a sudar. Sociedades avanzadas incluyen Vicks VapoRub (tuve que buscar en Google cómo se escribía esto). El ‘jeito’ es más complejo y comprende lesiones que van desde el esguince, la contractura (las madres lo llaman ‘cuerda montada’) hasta las fracturas y luxaciones.
Prevención: estarse quieto y evitar escuchar de tu madre: "te lo dije, ¿no te dije que te ibas a caer? Pero, claro, como yo le hablo a las paredes"… Tratamiento: friegas con alcohol (sí, las madres creen que ‘restregar’ un hueso partido puede unirlo de nuevo) o llevarte al curandero.
Seas médico aficionado, House o madre, haz lo mismo que si quieres una reforma en tu casa bien hecha o sexo de calidad: deja que trabajen los profesionales.
domingo, 10 de octubre de 2010
Ahora que lo pienso... ¡Verdades incontestables!
Tengo una amiga, Blanca –no de piel, de nombre-, que asegura que cuando un hombre dice que el tamaño no importa… es que la tiene pequeña. Por eso estoy totalmente convencido de que el tamaño es decisivo. Por supuesto.
No sé por qué algunos esconden que la tienen pequeña. ¿Cómo lo explican después?
“Cariño, te juro que la tenía como un actor porno, pero como Zapatero lo está recortando todo…”.
También cuentan las mujeres que cuando un hombre te dice “cariño, hoy no me apetece”, en realidad quiere decir:
a. ya no me gustas
b. estoy con otra persona
c. soy gay
También puede que todas las anteriores sean correctas.
Ser soltero tiene el inconveniente de que todo el mundo te quiere presentar a alguien:
“Tengo una amiga que es guapísima” significa “espero que el sexo sea bueno porque como quieras conversación vas mal”.
“Tenemos que quedar con Pili, es una tía muy interesante” significa “Pili es rara de cojones pero, qué quieres, es amiga de mi novia”.
Pero ¿es que nadie tiene una amiga full equiped?
No sé por qué algunos esconden que la tienen pequeña. ¿Cómo lo explican después?
“Cariño, te juro que la tenía como un actor porno, pero como Zapatero lo está recortando todo…”.
También cuentan las mujeres que cuando un hombre te dice “cariño, hoy no me apetece”, en realidad quiere decir:
a. ya no me gustas
b. estoy con otra persona
c. soy gay
También puede que todas las anteriores sean correctas.
Ser soltero tiene el inconveniente de que todo el mundo te quiere presentar a alguien:
“Tengo una amiga que es guapísima” significa “espero que el sexo sea bueno porque como quieras conversación vas mal”.
“Tenemos que quedar con Pili, es una tía muy interesante” significa “Pili es rara de cojones pero, qué quieres, es amiga de mi novia”.
Pero ¿es que nadie tiene una amiga full equiped?
miércoles, 1 de septiembre de 2010
Ahora que lo pienso... ¡mejor en guagua!
Ir en transporte público es como cenar con tu suegra: molesta, pero a veces no queda más remedio que hacerlo.
La guagua. Recibe otros nombres como autobús, bus… aunque el que más me gusta es ‘Colectivo’. Le da un toque solidario: estás metido en él pero formas parte de un todo. Cuando lo llamamos transporte público nos hace sentir eso, como público y nos dedicamos a mirar qué pasa. Es como una especie de ‘Bus Turistic’… pero de Callejeros. Te hacen un tour por la periferia, los barrios conflictivos y los sitios donde está la gente mala: como el Ayuntamiento, Hacienda, los Bancos…
El primer problema que tienes cuando no eres usuario habitual de la guagua lo tiene también U2: sin bono no es lo mismo. Le das un billete de diez euros al conductor (antes lo llamábamos ‘chófer’ y no se ofendían, ahora ni le puedes hablar) y te suelta:
“¿No tienes nada más pequeño?”
“Sí, pero no quiero hablar de mi pene delante de todos estos desconocidos”, contestas con chulería.
Cuando te da el cambio te preguntas por qué te pidió algo más pequeño. Buscas un asiento, intentando no sentarte junto a nadie, lo más atrás posible (eso se queda grabado en el subconsciente de las excursiones del colegio) y buscas qué hacer.
Como llevas un ratito allí dentro, te entra la tentación:
“Si cojo el martillito ese para romper la ventanilla ¿se enterará alguien?”
Entonces te acuerdas de lo que te cobraron y decides quedarte con el martillito. Ya le buscaré utilidad. Mira, si me bajo en un barrio chungo puedo usarlo para defenderme o quizás para robar un banco.
Un estremecimiento te saca de esos absurdos pensamientos: se aproxima tu parada. Buscas el botoncito ese para avisar de que te bajas en la próxima. ¡Horror! Te genera más tensión que una película de Amenábar o una cita con la hermana de tu jefe. Se enciende un cartelito:
“Parada solicitada”.
Sí, solicitada está pero… ¿no me lo confirmas? Hasta que el tío para del todo estás ‘acojonado’.
El Metro. Está más organizado. Se llama Metro en todas partes… Bueno, menos donde miden en pulgadas. ¡Ellos sabrán! Lo primero que sorprende del Metro es que está bajo tierra. ¿Por qué? Cuando te fijas en el entorno te das cuenta de que lo entierran porque no les queda sitio fuera. Bueno, pues bajas, aprendes a leer qué línea coger, el andén al que tienes que ir… Y mientras vas buscando te ves sorprendido por una estampida de ejecutivos, punkis, deportistas y demás, todos corriendo, sin mirar a quién empujan, a quien pisotean o tiran por las interminables escaleras mecánicas.
Llegas al andén, vacío porque todos subieron al último tren dejándote fuera, y ves un cartelito que pone:
“Próximo tren en 2 minutos”.
¿Por qué corre esa gente? ¿Qué tipo de vida llevan que no pueden perder dos minutos? No es por trabajo, corren a todas horas. Cuando consigues entrar en uno –pueden pasar varios y nunca ganas a esa marabunta- te das cuenta de que no tienes nivel. Todo el mundo lee. En la guagua (autobús para los que tengan mala memoria) nadie lee pero en el Metro… te sientes analfabeto. Todo el mundo con unos libros gordísimos. Otros usan el iPhone para ver su correo, entrar en facebook:
Javier Rodríguez va ahora mismo en el metro
Hace 1 minuto a través de facebook para iPhone
Menos mal que lo pusiste, crack, no sé si mi día hubiese tenido sentido sin ese relevante dato. Pues ahí no queda la cosa. Enseguida alguien pone “Me gusta”. Estamos mal.
Cuando llegas a tu parada descubres que la gente corre menos para salir. ¿Se le acabó la prisa a todo el mundo? Sales a la calle y respiras aliviado. Por ver la luz del sol ¡y por dejar de escuchar a tanto músico! Nadie está diseñado para tanto acordeón.
El Tranvía. Es un metro al aire libre, para ciudades que tienen un poco más de espacio en la superficie. La gente suele colarse y no pagar. Normal. También es caro. Tiene las ventajas del Metro y la guagua: es puntual y vas viendo Callejeros. Lo que no me gusta es que son demasiado modernos. Los antiguos (tipo San Francisco, con los usuarios colgando por todas partes) eran más interesantes.
Bueno, me voy que se me escapa la guagua. Iría en Metro, pero no sé leer.
La guagua. Recibe otros nombres como autobús, bus… aunque el que más me gusta es ‘Colectivo’. Le da un toque solidario: estás metido en él pero formas parte de un todo. Cuando lo llamamos transporte público nos hace sentir eso, como público y nos dedicamos a mirar qué pasa. Es como una especie de ‘Bus Turistic’… pero de Callejeros. Te hacen un tour por la periferia, los barrios conflictivos y los sitios donde está la gente mala: como el Ayuntamiento, Hacienda, los Bancos…
El primer problema que tienes cuando no eres usuario habitual de la guagua lo tiene también U2: sin bono no es lo mismo. Le das un billete de diez euros al conductor (antes lo llamábamos ‘chófer’ y no se ofendían, ahora ni le puedes hablar) y te suelta:
“¿No tienes nada más pequeño?”
“Sí, pero no quiero hablar de mi pene delante de todos estos desconocidos”, contestas con chulería.
Cuando te da el cambio te preguntas por qué te pidió algo más pequeño. Buscas un asiento, intentando no sentarte junto a nadie, lo más atrás posible (eso se queda grabado en el subconsciente de las excursiones del colegio) y buscas qué hacer.
Como llevas un ratito allí dentro, te entra la tentación:
“Si cojo el martillito ese para romper la ventanilla ¿se enterará alguien?”
Entonces te acuerdas de lo que te cobraron y decides quedarte con el martillito. Ya le buscaré utilidad. Mira, si me bajo en un barrio chungo puedo usarlo para defenderme o quizás para robar un banco.
Un estremecimiento te saca de esos absurdos pensamientos: se aproxima tu parada. Buscas el botoncito ese para avisar de que te bajas en la próxima. ¡Horror! Te genera más tensión que una película de Amenábar o una cita con la hermana de tu jefe. Se enciende un cartelito:
“Parada solicitada”.
Sí, solicitada está pero… ¿no me lo confirmas? Hasta que el tío para del todo estás ‘acojonado’.
El Metro. Está más organizado. Se llama Metro en todas partes… Bueno, menos donde miden en pulgadas. ¡Ellos sabrán! Lo primero que sorprende del Metro es que está bajo tierra. ¿Por qué? Cuando te fijas en el entorno te das cuenta de que lo entierran porque no les queda sitio fuera. Bueno, pues bajas, aprendes a leer qué línea coger, el andén al que tienes que ir… Y mientras vas buscando te ves sorprendido por una estampida de ejecutivos, punkis, deportistas y demás, todos corriendo, sin mirar a quién empujan, a quien pisotean o tiran por las interminables escaleras mecánicas.
Llegas al andén, vacío porque todos subieron al último tren dejándote fuera, y ves un cartelito que pone:
“Próximo tren en 2 minutos”.
¿Por qué corre esa gente? ¿Qué tipo de vida llevan que no pueden perder dos minutos? No es por trabajo, corren a todas horas. Cuando consigues entrar en uno –pueden pasar varios y nunca ganas a esa marabunta- te das cuenta de que no tienes nivel. Todo el mundo lee. En la guagua (autobús para los que tengan mala memoria) nadie lee pero en el Metro… te sientes analfabeto. Todo el mundo con unos libros gordísimos. Otros usan el iPhone para ver su correo, entrar en facebook:
Javier Rodríguez va ahora mismo en el metro
Hace 1 minuto a través de facebook para iPhone
Menos mal que lo pusiste, crack, no sé si mi día hubiese tenido sentido sin ese relevante dato. Pues ahí no queda la cosa. Enseguida alguien pone “Me gusta”. Estamos mal.
Cuando llegas a tu parada descubres que la gente corre menos para salir. ¿Se le acabó la prisa a todo el mundo? Sales a la calle y respiras aliviado. Por ver la luz del sol ¡y por dejar de escuchar a tanto músico! Nadie está diseñado para tanto acordeón.
El Tranvía. Es un metro al aire libre, para ciudades que tienen un poco más de espacio en la superficie. La gente suele colarse y no pagar. Normal. También es caro. Tiene las ventajas del Metro y la guagua: es puntual y vas viendo Callejeros. Lo que no me gusta es que son demasiado modernos. Los antiguos (tipo San Francisco, con los usuarios colgando por todas partes) eran más interesantes.
Bueno, me voy que se me escapa la guagua. Iría en Metro, pero no sé leer.
viernes, 30 de julio de 2010
Ahora que lo pienso... Now that I think about it...
A muchas de las personas que intentan aprender un idioma extranjero (les gusta llamarlo 'segunda lengua') les pasa como a Jesulín o a Montilla: aún no saben hablar el suyo.
Tengo un amigo que dice que ser bilingüe es la posibilidad de decir tonterías en dos idiomas. Tiene razón. Me matriculé en inglés y, créeme, funciona: ahora puedo comentar con los guiris que mi sastre es rico, que mi madre está en la cocina, dónde está la estación de tren más próxima (habitualmente todo recto y la primera a la izquierda después del semáforo)... Todo muy práctico.
Quisimos, de jóvenes, aprender inglés para entender lo que decían aquellos 'melenudos' cuyas canciones nos encantaban. ¡Gran error! ¿Has probado a traducir alguna? Entre Yellow submarine y El tractor amarillo no hay demasiadas diferencias salvo que los Beatles se inventaron una 'segunda lectura'... marketing.
El segundo gran objetivo por el que aprendíamos inglés era ligar. ¡No sirve para nada! ¿Cómo coño se traduce "ven p'acá que te voy a meter de todo menos miedo"?
La alternativa era el italiano...
¿Continuará?
martes, 6 de julio de 2010
Ahora que lo pienso... Goooooooool!
Fútbol es fútbol. El fútbol son once contra once. El partido termina cuando el árbitro pita el final... Ya había filósofos en el fútbol antes de Valdano.
Creo que el fútbol es la antítesis de la música. Si ésta amansa a las fieras, aquel saca el animal que todos llevamos dentro. Cuando pienso en los salarios que cobran los futbolistas imagino la pasta que están dejando de ingresar los psicólogos. Porque el fútbol no le interesa sino a Nuria Bermúdez. A los demás lo que les interesa es conducir o caminar una hora, hacer cola para aparcar, cola para entrar al estadio, cola en el bar, cola en el baño... y todo eso para estar noventa minutos cagándote en la 'puta madre' del árbitro, de tu equipo, de la estrella del equipo rival. Eso sí... te quedas relajadito.
A mí el fútbol me resulta tan atractivo como el Arte Contemporáneo y entiendo tanto como de Arte Contemporáneo. Ambas cosas me hacen sentir mal porque todo el mundo en este país entiende de fútbol. Bueno, de arte contemporáneo no entiende nadie (próximamente Ahora que lo pienso... el arte contemporáneo, ¿se ríen de mí?).
No estoy precisamente orgulloso de una sociedad en la que el primer regalo que haces a tu hijo es... ¡la camiseta de tu equipo! Acabas de nacer, aún no ves con nitidez, no te has adaptado al nuevo medio, para comer tienes que llorar, para que te cambien el pañal tienes que llorar, aún no puedes hablar, no entiendes lo que te dicen... pero ya tienes equipo!!! Ahí está ese padre sembrando la semilla del 'juliganismo' (hooligan) en el neonato: “con esa camiseta y los huevos que tiene seguro que me sale futbolista”.
La cosa no termina ahí. Cumple cuarenta años y sigue yendo al estadio a animar al equipo que decidió su padre... con la camiseta, su nombre serigrafiado, una bufanda, una trompeta (la trompa se la coge después con las cervezas)... Ese tío puede que sea pintor (de brocha gorda, no contemporáneo), electricista, economista y todas las cosas que terminen en 'ista'. Da igual. El fútbol es de las cosas más democráticas que existen: todos igualmente animales (con perdón de los animales).
Antes el fútbol enemistaba familias, amigos, separaba matrimonios... Ahora, con el tema mediático, la mujer se ha sumado al fútbol. Juegan (bueno, juegan una versión parecida), van a los estadios, a las puertas de los hoteles de concentración. Algunas, como Nuria Bermúdez, se lo toman como un trabajo y son tan serias que se llevan trabajo a la cama.
Sólo algo tan 'cavernícola' como el fútbol podría convertir en estrellas mediáticas a personas con tanta facilidad de palabra como Butragueño y Messi. Sólo el fútbol podría poner un micrófono en la boca a gente como Valdano (se rumorea que en 1987 lo invitaron a un karaoke y todavía no ha dejado el micrófono). Sólo el fútbol convertiría en hombre-tendencia a un tío como Guti.
Otra cosa curiosa del fútbol son los aficionados agrupados en peñas. Se hacen camisetas, recortan papelitos para el principio del partido, se aprenden canciones que cantan durante el partido... se lo curran. Después, en su casa, la mujer les pide que cambien un enchufe y se descojonan. No compran un regalo jamás porque hay crisis... pero se gastan mil euros en el abono para ver a su equipo. Son tíos, con una edad media de cuarenta años, que creen que es divertido estar hora y media gritando: 'Guti, Guti, Guti maricóooooon...' o 'Lopera vete yaaaaaa' o, mejor, 'Campeoooones, campeooooones, oé, oé, oé...' aunque su equipo no gane nada.
Los himnos son tema aparte. Me gusta el del Barça porque es interactivo. Aunque no sepas catalán puedes dar las tres palmaditas con entusiasmo y, al final, gritar: 'Barça. Barça, Baaaaaaaarça'. Después está el del Madrid. No les gustaba el viejo y ficharon a Plácido Domingo. Espectacular. Pero a ver, de los ochenta mil que van al Bernabéu, ¿cuántos son tenores? Eso no hay quien lo cante. El Sevilla hizo uno divertido, lo canta el Arrebato. Tiene sentido. Y el Atlético de Madrid fichó a Sabina que, con dos cojones, escribió: 'qué manera de perder...' [sic]. Me descubro ante ese tío.
Pero no todo es malo en el fútbol. Gracias a Ronaldo (el otro) hemos aprendido a celebrar un cumpleaños como Dios manda: con sus bebidas, sus putas y sus travestis. Ya está bien de sandwiches cortados en triángulo y Mirinda de litro y medio.
Gracias al fútbol aprendemos geografía. De qué si no iba a saber yo dónde coño está Linchestein, Leinchest... de qué si no iba a saber yo dónde coño está Croacia (si todavía digo Yogoslavia).
Otra cosa buena del fútbol es el merchandising: la vajilla del Barça, el edredón del Real Madrid, las cortinas del Tenerife, la mesa de noche del Valencia... mi casa parece el museo del fútbol. Hasta me he comprado una muñeca hinchable igualita que Nuria Bermúdez.
¿Ves? Se puede hablar de fútbol sin nombrar a Cristiano Ronaldo. Coño, la cagué al final.
En fin, no me extiendo más que me voy a ver el partido.
Creo que el fútbol es la antítesis de la música. Si ésta amansa a las fieras, aquel saca el animal que todos llevamos dentro. Cuando pienso en los salarios que cobran los futbolistas imagino la pasta que están dejando de ingresar los psicólogos. Porque el fútbol no le interesa sino a Nuria Bermúdez. A los demás lo que les interesa es conducir o caminar una hora, hacer cola para aparcar, cola para entrar al estadio, cola en el bar, cola en el baño... y todo eso para estar noventa minutos cagándote en la 'puta madre' del árbitro, de tu equipo, de la estrella del equipo rival. Eso sí... te quedas relajadito.
A mí el fútbol me resulta tan atractivo como el Arte Contemporáneo y entiendo tanto como de Arte Contemporáneo. Ambas cosas me hacen sentir mal porque todo el mundo en este país entiende de fútbol. Bueno, de arte contemporáneo no entiende nadie (próximamente Ahora que lo pienso... el arte contemporáneo, ¿se ríen de mí?).
No estoy precisamente orgulloso de una sociedad en la que el primer regalo que haces a tu hijo es... ¡la camiseta de tu equipo! Acabas de nacer, aún no ves con nitidez, no te has adaptado al nuevo medio, para comer tienes que llorar, para que te cambien el pañal tienes que llorar, aún no puedes hablar, no entiendes lo que te dicen... pero ya tienes equipo!!! Ahí está ese padre sembrando la semilla del 'juliganismo' (hooligan) en el neonato: “con esa camiseta y los huevos que tiene seguro que me sale futbolista”.
La cosa no termina ahí. Cumple cuarenta años y sigue yendo al estadio a animar al equipo que decidió su padre... con la camiseta, su nombre serigrafiado, una bufanda, una trompeta (la trompa se la coge después con las cervezas)... Ese tío puede que sea pintor (de brocha gorda, no contemporáneo), electricista, economista y todas las cosas que terminen en 'ista'. Da igual. El fútbol es de las cosas más democráticas que existen: todos igualmente animales (con perdón de los animales).
Antes el fútbol enemistaba familias, amigos, separaba matrimonios... Ahora, con el tema mediático, la mujer se ha sumado al fútbol. Juegan (bueno, juegan una versión parecida), van a los estadios, a las puertas de los hoteles de concentración. Algunas, como Nuria Bermúdez, se lo toman como un trabajo y son tan serias que se llevan trabajo a la cama.
Sólo algo tan 'cavernícola' como el fútbol podría convertir en estrellas mediáticas a personas con tanta facilidad de palabra como Butragueño y Messi. Sólo el fútbol podría poner un micrófono en la boca a gente como Valdano (se rumorea que en 1987 lo invitaron a un karaoke y todavía no ha dejado el micrófono). Sólo el fútbol convertiría en hombre-tendencia a un tío como Guti.
Otra cosa curiosa del fútbol son los aficionados agrupados en peñas. Se hacen camisetas, recortan papelitos para el principio del partido, se aprenden canciones que cantan durante el partido... se lo curran. Después, en su casa, la mujer les pide que cambien un enchufe y se descojonan. No compran un regalo jamás porque hay crisis... pero se gastan mil euros en el abono para ver a su equipo. Son tíos, con una edad media de cuarenta años, que creen que es divertido estar hora y media gritando: 'Guti, Guti, Guti maricóooooon...' o 'Lopera vete yaaaaaa' o, mejor, 'Campeoooones, campeooooones, oé, oé, oé...' aunque su equipo no gane nada.
Los himnos son tema aparte. Me gusta el del Barça porque es interactivo. Aunque no sepas catalán puedes dar las tres palmaditas con entusiasmo y, al final, gritar: 'Barça. Barça, Baaaaaaaarça'. Después está el del Madrid. No les gustaba el viejo y ficharon a Plácido Domingo. Espectacular. Pero a ver, de los ochenta mil que van al Bernabéu, ¿cuántos son tenores? Eso no hay quien lo cante. El Sevilla hizo uno divertido, lo canta el Arrebato. Tiene sentido. Y el Atlético de Madrid fichó a Sabina que, con dos cojones, escribió: 'qué manera de perder...' [sic]. Me descubro ante ese tío.
Pero no todo es malo en el fútbol. Gracias a Ronaldo (el otro) hemos aprendido a celebrar un cumpleaños como Dios manda: con sus bebidas, sus putas y sus travestis. Ya está bien de sandwiches cortados en triángulo y Mirinda de litro y medio.
Gracias al fútbol aprendemos geografía. De qué si no iba a saber yo dónde coño está Linchestein, Leinchest... de qué si no iba a saber yo dónde coño está Croacia (si todavía digo Yogoslavia).
Otra cosa buena del fútbol es el merchandising: la vajilla del Barça, el edredón del Real Madrid, las cortinas del Tenerife, la mesa de noche del Valencia... mi casa parece el museo del fútbol. Hasta me he comprado una muñeca hinchable igualita que Nuria Bermúdez.
¿Ves? Se puede hablar de fútbol sin nombrar a Cristiano Ronaldo. Coño, la cagué al final.
En fin, no me extiendo más que me voy a ver el partido.
miércoles, 23 de junio de 2010
Ahora que lo pienso... tengo un C.I. que no me lo merezco.
No sé si lo saben pero… ¡yo fui un niño superdotado! Sí, ¿qué pasa? Bueno, ahora lo llaman de ‘altas capacidades intelectuales. En realidad le cambiaron el nombre por mi madre. La mujer quería matricularme en un colegio de curas y le pareció que entrar con la etiqueta de ‘superdotado’ podía parecer una invitación… al equívoco. Lo entienden, ¿verdad?
Mis padres empezaron a sospechar que era superdotado una vez que se acercaron a la cuna y vieron que me había cambiado el pañal y les había dejado una nota:
“Papá, Mamá… la próxima vez, por favor, déjenme los polvos de talco más cerca, que todavía no sé caminar. Por cierto, los de Mercadona son más baratos y también me sirven. Un afectuoso saludo”.
Fliparon.
Hasta cumplir los tres años, todo como un niño normal. Me costó terminar la E.G.B. porque no entendían mi acento inglés –adquirido viendo obras de Shakespeare-. A partir de ahí, como mis padres estaban forrados –después de hacerme caso e invertir en unos bonos alemanes- se dedicaron a hacer lo que se supone que es conveniente para un niño con mis capacidades: estresarlo.
Se dedicaron a apuntarme en todo tipo de actividades extraescolares para localizar mi talento. Así probé el piano, el ballet, la pintura, entré en política –en las Infancias Socialistas-, viví en el Tibet seis meses… Aburrido de los conciertos en el ‘Carnegie Hall’, de dar consejos a Ángel Corella, de asesorar a los Thyssen –sobre cuadros, el pelo de Tita no es cosa mía- y de explicarle al Dalai Lama lo de la reencarnación… decidí ser un niño normal.
Pero era complicado con mi coco. En el recreo, el fútbol no era lo mío… pero lo del carrilero lo inventé yo. Siempre me elegían el último y nunca me la pasaban. ¿Qué hacía yo? Correr la banda pa’rriba y pa’bajo. Pues eso, de carrilero. En realidad creo que les molestaba que cuando salía a jugar les planteara que con ese rival era mejor jugar 4-3-3. Hasta Guardiola nadie entendió mi manera de ver el fútbol.
Quise integrarme siendo ‘uno de los malos’, así que inventé un explosivo con lo que había en el laboratorio. El de mantenimiento, un Iraní, desapareció días después de que me desaparecieran los apuntes de química. Raro.
También probé a fugarme de clase… y nada. Para aprovechar el tiempo que no estaba en el colegio me matriculé en Económicas. Al salir de la facultad íbamos todos los colegas a una hamburguesería de mala muerte. Un día, el propietario se sentó con nosotros y nos contó que le iba mal. Le anoté en una servilleta un par de ideas… No sé qué será del señor Mc Donald.
Mis padres seguían preocupados porque no aparecía mi talento y pensaban que perdía el tiempo con los niños de mi edad. Me enviaron a EEUU con una familia para que aprendiera inglés. No aprendí mucho. Me pasaba casi todo el tiempo con mi hermano americano y con su ordenador. Aquel garaje era tan oscuro y asfixiante que pensé: “a este garaje le hace falta una ventana”.
Al día siguiente tuve que volver a casa pero le dejé a Bill un par de ideas. No sé si las habrá usado. Era muy generoso en aquella época y todo lo regalaba. Espero que no haya cambiado.
Decidí dedicar tiempo al francés y al griego. Bueno, no estaba mal pero en los ratos libres me ponía a estudiar idiomas.
Al final decidí que no era tan interesante y dejé de ser superdotado. Ahora soy normal y sé que dos y dos no son cuatro, me da igual si Hernán Cortés descubrió América en 1969, si la Teoría de la Gravedad de Einstein es v = e/t, si un seno tira más que dos carretas o si el animal que corre más rápido es Usain Bolt.
Al final decidí que no era tan interesante y dejé de ser superdotado. Ahora soy normal y sé que dos y dos no son cuatro, me da igual si Hernán Cortés descubrió América en 1969, si la Teoría de la Gravedad de Einstein es v = e/t, si un seno tira más que dos carretas o si el animal que corre más rápido es Usain Bolt.
Total, todo eso sólo sirve para conseguir quesitos en el Trivial.
lunes, 21 de junio de 2010
Ahora que lo pienso... ¡oído cocina!
Mi cuerpo, como el Universo, está en constante expansión. ¿Por qué? Sospecho que mi abandono de la dieta mediterránea tiene algo que ver. En cualquier caso, si eso implica comer verdura todo el día... me niego a 'pastar' como una vaca, ¡que para eso ya parezco una!
Si mi cuenta corriente tuviese tantos dígitos como mi nivel de colesterol, podría permitirme una alimentación equilibrada en alguno de esos nuevos templos de la gastronomía: los restaurantes con estrellas Michelín. Lo del michelín lo tengo más fácil, ahora, lo de pagar 200€ por un plato que tardas más en pronunciar su nombre que en comértelo... Are you talking to me? Taxi driver dixit.
Estos lugares son como catedrales, los cocineros (que ahora se hacen llamar chefs) vienen a ser los curas y sus clientes -los ricos-... la feligresía.
“Son como una religión”, comentan los críticos gastronómicos. Pues será la Cienciología: si no tienes un pastón, no entras.
¿Alguna vez han comido en un sitio así? Les cuento...
Lo primero -tengas la pasta que tengas- es apuntarte en una lista de espera eterna. Iker Jiménez contó el caso de una señora que la llamaron antes de la Seguridad Social para operarse que de El Bulli para cenar. Lo juro.
Cuando al fin te toca, debes hacer dos cosas: la primera asegurarte de que tu tarjeta tendrá saldo ese día y la segunda comprarte algo de ropa.
“¿No pensarás ir de cualquier manera?”, interroga -amablemente- tu mujer. Las señoras acostumbran a ponerse animales muertos alrededor de el cuello, usar enormes tacones, cardarse el pelo (hombres heterosexuales buscar cardar en el diccionario) y maquillarse en exceso... parecen 'Drag Visón'. Los caballeros suelen ponerse un traje. Pocas cosas son tan ridículas como un tío con traje si no está acostumbrado: cada veinte segundos pasa el dedo índice entre el cuello de la camisa y el suyo propio, no sabe si en un sitio así podrá remangarse (por si hay algo con salsa), si al sentarse podrá soltar los botones de la chaqueta y, lo que es peor, si después de comer podrá soltar los botones del pantalón. Aunque la conducta estrella del desadaptado es usar un palillo. Algunos, incluso, se tapan un poco con la otra mano ¡como si no te fueras a dar cuenta!
Una vez sentado...¡peligro! Se acerca un señor alto, delgado y con cara de poco sexo que te pregunta qué vino deseas. Mala cosa. No te habías estudiado ese tema. Improvisas...
“Nos dejaremos aconsejar”, exclamas con tu mejor pose de 'me crié entre los viñedos de Falcon Crest'. Mal, muy mal. Ese vino, con nombre francés y la misma edad que tu mujer, cuesta más que el colegio de los niños.
“Coño, ¿300 euros por un vino viejo? ¡Si me ponen uno de este año tengo que dejarles la nómina!”, gimes.
Es curioso, pero la comida no la eliges. Se usa lo que llaman Menú Degustación. Dice la R.A.E.:
degustar (del lat. degustare)
Probar o catar, generalmente con deleite, alimentos o bebidas.
El que hizo la carta hizo también la definición. Las clavó. Primero por lo de probar. Eso es lo que haces, probar. Olvídate, a esos sitios hay que ir cenado. Algunos, incluso, montan en el parking un McDonald para que te eches un McAlgo antes de entrar. Pero lo más acertado de la definición es 'generalmente con deleite'. Chapó, lo clavaste otra vez, macho. Comer en esos sitios es como el sexo para una mujer con un amante que sufre de eyaculación precoz: cuando le estás cogiendo el gusto se acaba la diversión.
Retomando... no eliges la comida. Te traen unos quince platos con una muestra de lo que llaman cocina creativa y listo. Es como si vas a Carrefour, te enseñan el folleto pero no te dejan comprar.
Capítulo aparte merecen los nombres de los platos. Los críticos gastronómicos (un crítico es una persona sin el talento suficiente como para atreverse a cocinar pero con la poca vergüenza necesaria como para atreverse a opinar)... Pues eso, los críticos lo llaman: la prosa de la cocina.
“Deconstrucción emulsionada de fruto de ave de corral sobre lecho de tubérculo, en exprimido de oliva virgen en ebullición, con crocante de virutas de curado de porcino de Iberia”... Ya, eso son huevos estrellados con jamón.
La carta, en estos sitios, debería incorporar un glosario. De esa manera, quizás, uno sabría qué come:
Medallón: Trozo de carne (redondo). No tiene por qué presentar la misma dureza que la joya... pero, a veces, pasa.
Brocheta: Pedazos de carne y/o pescado (cuadrados) sodomizados en plan Holocausto caníbal.
Carpaccio: Bistec de un cocinero sin ganas y/o tiempo para calentarlo 'un fisco'.
Sorbete: Sucedáneo de helado que te traen después del pescado y antes de la carne haciéndote pensar que 'eso' es el postre.
Carabinero: Policía italiano a la plancha combinado con gambas. Cuidado, al comerlo mancha.
Tempura: Cantidad de grados a los que se fríe verdura o demás en la cocina oriental.
Somelier: Señor entendido en vinos que se pone debajo del colchón.
Delicatessen: Cocinero (chef) especialmente sensible a las críticas.
Curry: Dar prisa al camarero.
Creo que la cocina creativa no es tal. En realidad nace, como el tipp-ex o los post-it, de errores. Alguien, al hacer mal una tortilla, inventó el revuelto. Una madre japonesa -ama de casa y trabajadora- con poco tiempo, inventó el sushi... y así con todo. Lo que todavía no puedo explicar es cómo alguien derramó por error nitrógeno líquido sobre la comida y, en lugar de tirarla, le puso un nombre raro a su plato, un precio aún mayor y, lo que es peor, nos convenció de que 'eso' es arte. Ya.
Por cierto, ¿han visto con qué cosas cocinan ahora? electrodos, sopletes, espátulas... el otro día vino un albañil a casa, sacó la herramienta (la de currar, no se me dispersen)...¡ y no sabía si iba a reformarme el baño o a prepararme la cena!
En fin, es curioso lo que hace el marketing y nuestro snobismo. Ahora cocinar es una vocación. Supongo que por eso cada vez hay menos curas (iba a poner que “quizás también porque cada vez hay menos niños” pero me parece un poco fuerte así que no lo pongo).
Para terminar, y solo para aquellos capaces de ser creativos en la cocina e intentar elaborar los más sofisticados platos, una receta. Inténtenlo.
Compresión de laminado de fermento lácteo vacuno y entreverado de porcino curado al aire de la sierra entre paredes de cereales horneados con semillas de la tierra... Buscar en el glosario por la B de bocadillo de jamón y queso.
Buen apetito.
martes, 1 de junio de 2010
Ahora que lo pienso... me engañaron con el 'chiláu' *
Dice la 'wikipedia' que chill out viene del inglés y significa relajarse. Ah, vale. Con dos cojones. Y va Javi, que nunca ha sido un cazador de tendencias, y se lo traga. Empieza a buscar sitios así, chill out. Al final, bien aconsejado, localiza uno. Entra con cierto miedo, tanteando. No le gusta... pero se come bien. Eso sí, la comida no era chiláu, era cocina normal.
Para no ser injusto busca otro. Más de lo mismo. Aquí no come, bebe. Johnnie Walker no tiene 'etiqueta chill out' así que un etiqueta roja de toda la vida. Eso sí, caro.
Al final las conclusiones a mi estudio van, en forma de decálogo, a modo de consejo por si quieres montar un negocio chill out. Lo que sea, desde un bar a una tienda de lavadoras... ¡pero chiláu!
Nos centraremos en lo más habitual, un bar (ahora los llaman lounge):
1. Pon a tu negocio un nombre poco usual. Casa Paco no vale. Mejor Tángara Bar, Buda Land o Carpe díem.
2. Decora con cosas del Natura: tiras de bolas luminosas de colores, ramas de almendro retroiluminadas, budas felices (muchos), mini jardines zen... ¿Mobiliario? Si tienes cosas viejas, servirán. Si no, al Decathlon a por unas colchonetas y, ¡hala!, el suelo lleno de clientes que te pagarán encantados 15€ por una copa que en otro sitio les dejarían tomar cómodamente sentados a mitad de precio.
3. Quita o apaga un 60% de la iluminación. Compensa la ceguera de tus clientes con unas velas. Además de conseguir un ambiente más íntimo ahorrarás en limpieza (la mierda con poca luz no se notará).
4. La música es fundamental. En el mercado ya se encuentran sacrilegios como Beatles Chill out, Ópera Chill out... en Canarias se propone ¡Sabandeños Chill out! Ánimo. Si no localizas esa música puedes recurrir a Il Divo, Enya o al hilo musical de tu dentista. En el emule están los 20 cd's de Café del Mar. ¿Alguien nota alguna diferencia entre canción y canción?
5. Debes tener una extensa carta de tés. Unas 150 variedades bastarán. ¿Cómo conseguirlas? Sólo haciendo la carta. Está demostrado que el 80% de los snobs que pedimos cosas raras no nos enteramos si nos ponen una bolsita de Lipton. Tú mezcla té y especias y listo.
6. El paladar de tus clientes es tan exquisito como tu selección musical. Edúcalos. No les ofrezcas croquetas congeladas (además, terminarás escribiendo cocreta en la carta... y eso queda mal). Busca cosas exóticas: sushi, tempura, insectos fritos... Total, no creo que sepan peor que un té verde con cardamomo, menta y canela.
7. Color. Es muy importante que sea aburrido, a juego con la música. Todo del mismo color estaría bien. Dos colores a lo sumo. El primer local que visité era todo blanco (al menos el primer día). Tras una reforma es todo granate y dorado (recuerda, está lleno de budas). Haz lo mismo. Un solo color. ¿Cuál? El de la oferta de Leroy Merlín. Después te inventas para tus clientes una justificación zen para haber elegido ese color rosa chicle: "una antigua leyenda china dice que el color rosa consigue que el hombre mantenga el doble de tiempo una erección" (es decir, 8 minutos). Hombres y mujeres quedaremos satisfechos y dejaremos de pensar que ese color es una mariconada.
8. Camareros. No hace falta que sepan servir una mesa. Sólo con que tengan acento extranjero y aspecto de haber fumado demasiado en el instituto... todo resuelto. No hace falta que sepan escribir. No toman comanda. Da igual qué té les pidas... traerán lo que quieran porque, recuerda, todos saben igual.
9. Olor. Pasote de varitas de incienso. Todo el que Gaspar no regaló al niño Jesús lo quemas en tu local. A saco, que disimule el olor de los baños.
10. Clientes. Snobs, vagos con ganas de estar tumbados, salientes de after, pobretones que no tenemos pasta para ir a conocer el Café del Mar, parejas sin otro sitio donde meterse mano...
Con ese nombre, esa decoración, a oscuras, con esa música, la carta de tés, la comida snob, el color de las paredes, pésimos camareros, el olor a pachuli y esa clientela... ¿quién puede relajarse?
Espero que te sirvan estos consejos y que, si abres tu local, NO ME INVITES NUNCA.
Besos chiláu.
* Es el primer Ahora que lo pienso... que escribí. Qué mal envejece.
Para no ser injusto busca otro. Más de lo mismo. Aquí no come, bebe. Johnnie Walker no tiene 'etiqueta chill out' así que un etiqueta roja de toda la vida. Eso sí, caro.
Al final las conclusiones a mi estudio van, en forma de decálogo, a modo de consejo por si quieres montar un negocio chill out. Lo que sea, desde un bar a una tienda de lavadoras... ¡pero chiláu!
Nos centraremos en lo más habitual, un bar (ahora los llaman lounge):
1. Pon a tu negocio un nombre poco usual. Casa Paco no vale. Mejor Tángara Bar, Buda Land o Carpe díem.
2. Decora con cosas del Natura: tiras de bolas luminosas de colores, ramas de almendro retroiluminadas, budas felices (muchos), mini jardines zen... ¿Mobiliario? Si tienes cosas viejas, servirán. Si no, al Decathlon a por unas colchonetas y, ¡hala!, el suelo lleno de clientes que te pagarán encantados 15€ por una copa que en otro sitio les dejarían tomar cómodamente sentados a mitad de precio.
3. Quita o apaga un 60% de la iluminación. Compensa la ceguera de tus clientes con unas velas. Además de conseguir un ambiente más íntimo ahorrarás en limpieza (la mierda con poca luz no se notará).
4. La música es fundamental. En el mercado ya se encuentran sacrilegios como Beatles Chill out, Ópera Chill out... en Canarias se propone ¡Sabandeños Chill out! Ánimo. Si no localizas esa música puedes recurrir a Il Divo, Enya o al hilo musical de tu dentista. En el emule están los 20 cd's de Café del Mar. ¿Alguien nota alguna diferencia entre canción y canción?
5. Debes tener una extensa carta de tés. Unas 150 variedades bastarán. ¿Cómo conseguirlas? Sólo haciendo la carta. Está demostrado que el 80% de los snobs que pedimos cosas raras no nos enteramos si nos ponen una bolsita de Lipton. Tú mezcla té y especias y listo.
6. El paladar de tus clientes es tan exquisito como tu selección musical. Edúcalos. No les ofrezcas croquetas congeladas (además, terminarás escribiendo cocreta en la carta... y eso queda mal). Busca cosas exóticas: sushi, tempura, insectos fritos... Total, no creo que sepan peor que un té verde con cardamomo, menta y canela.
7. Color. Es muy importante que sea aburrido, a juego con la música. Todo del mismo color estaría bien. Dos colores a lo sumo. El primer local que visité era todo blanco (al menos el primer día). Tras una reforma es todo granate y dorado (recuerda, está lleno de budas). Haz lo mismo. Un solo color. ¿Cuál? El de la oferta de Leroy Merlín. Después te inventas para tus clientes una justificación zen para haber elegido ese color rosa chicle: "una antigua leyenda china dice que el color rosa consigue que el hombre mantenga el doble de tiempo una erección" (es decir, 8 minutos). Hombres y mujeres quedaremos satisfechos y dejaremos de pensar que ese color es una mariconada.
8. Camareros. No hace falta que sepan servir una mesa. Sólo con que tengan acento extranjero y aspecto de haber fumado demasiado en el instituto... todo resuelto. No hace falta que sepan escribir. No toman comanda. Da igual qué té les pidas... traerán lo que quieran porque, recuerda, todos saben igual.
9. Olor. Pasote de varitas de incienso. Todo el que Gaspar no regaló al niño Jesús lo quemas en tu local. A saco, que disimule el olor de los baños.
10. Clientes. Snobs, vagos con ganas de estar tumbados, salientes de after, pobretones que no tenemos pasta para ir a conocer el Café del Mar, parejas sin otro sitio donde meterse mano...
Con ese nombre, esa decoración, a oscuras, con esa música, la carta de tés, la comida snob, el color de las paredes, pésimos camareros, el olor a pachuli y esa clientela... ¿quién puede relajarse?
Espero que te sirvan estos consejos y que, si abres tu local, NO ME INVITES NUNCA.
Besos chiláu.
* Es el primer Ahora que lo pienso... que escribí. Qué mal envejece.
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